jueves, 21 de agosto de 2014

Dónde comienza la dignidad del ajedrecista


Por enésima vez he podido leer otra diatriba en contra de las mal llamadas tablas "rápidas" o "sin lucha". En esta ocasión el paladín de la integridad ajedrecística ha sido Leontxo García, gran periodista que, por desgracia, confunde ajedrez con espectáculo o que como mínimo acentúa la visión del ajedrez como deporte en detrimento de su lado más artístico o científico.
Esta visión del juego ve a los jugadores de ajedrez como gladiadores, es decir, esclavos al servicio del público que ha pagado para ver cómo se matan, incluso sin necesidad. Arropados por esta mentalidad se lanzan propuestas "en favor del espectáculo" como prohibir la propuesta de tablas (a veces hasta un determinado número de jugadas, como las infames reglas de Sofía). Repito, el objetivo es siempre el mismo: favorecer el espectáculo, la lucha, blablabla...
El ajedrez, que cuenta ya con varios siglos de existencia, permite el empate desde tiempos inmemoriales. Forma parte de su esencia, como también el contar un empate como media victoria. Se supone que un ajedrecista es un estratega, un ser inteligente, con criterio. Quitarle la posibilidad de empatar, aunque sea prematuramente, merma su dignidad como ser libre, capaz de tomar sus propias decisiones. Ese empate puede significar una ronda sin esfuerzo en un abierto de ronda diaria, o acabar pronto un día en el que estamos medio enfermos, o simplemente aprovecharnos de una ventaja en el marcador por resultados en otras mesas o rondas anteriores.
Debe perseguirse que la gente no regale los puntos, pero el empate... forma parte del ajedrez. El ajedrecista no es un mono amaestrado. 

2 comentarios:

Antonio Gude dijo...

Bien expuesto. Te felicito. Esa postura de Leontxo, reiterativa y plomiza, carente de matices y asideros, es como un martillo pilón. Saludos.

Joan Fontanillas Sánchez dijo...

Gracias Antonio, la verdad es que ese tipo de discursos preocupa porque pretenden cambiar algo que ha funcionado estupendamente desde hace siglos.